jueves, 24 de noviembre de 2016

IDENTIDADES CANARIAS QUE CRUZAN FRONTERAS

AÑO GENEALÓGICO FRANCISCO FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT
Dr. RAÚL SÁNCHEZ MOLINA
Ponencia presentada en el III Encuentro de Genealogía Gran Canaria,
celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, los días 15-17 noviembre de 2016,
Publicado en Ponencias del III Encuentro de Genealogía Gran Canaria, nº 3 (2016)
Depósito Legal: 368-2015

La lectura de los distintos artículos que se han ido publicando en Genealogías Canarias, resultado de investigaciones en archivos históricos, resultan de interés antropológico,
Foto: Casa-Museo de Colón. Las Palmas de G.C.
entre otros aspectos, porque apuntan a procesos históricos y socio culturales más amplios en los que, apellidos y sus orígenes, matrimonios, familias o filiaciones, se van produciendo y reproduciendo en “viajes de ida y vuelta” desde fuera hacia adentro y desde dentro hacia fuera de las Islas Canarias. Desde este punto de vista, sus informaciones adquieren interés etnohistórico donde observar
la importancia de las filiaciones y reproducción de las familias canarias vinculadas a procesos socioeconómicos inter-atlánticos que se inician desde finales del siglo XV (Wolf 1986).
De ahí que, además de la reproducción de la familia y el parentesco, estas informaciones posibiliten, desde una contextualización histórica, seguir procesos de etnicidad, identidad, clase, género o generación articulándolos en los contextos más globales en los que se generaron como resultado de la conquista de las islas, el colonialismo español o la expansión del capitalismo europeo (Hernández García 1987; Balboa Navarro 2006; Carnero y Nuez 2006). Y en el caso específico de los desplazamientos de población, recuperar “historias escondidas” protagonizadas por miembros concretos de estas familias canarias para observar y analizar lo que el antropólogo norteamericano Eric Wolf (1986) denominó Europa y la gente sin historia. Es decir, recuperar y contextualizar “historias escondidas”, hasta ahora no contadas, para ofrecer, a partir de ellas, otras narraciones que, articuladas en estos contextos socioculturales nos permitan comprender y conocer condiciones macro y micro estructurales bajo las cuales estas familias tuvieron que migrar y sus consecuencias socioculturales (Schneider y Rapp 1995). Con el objeto de entresacar de ellas, desde análisis basados en clase, género, generación o identidad étnica, otros aspectos no contados en historias construidas desde distintos posicionamientos ideológicos de poder.
A partir de algunos de los artículos y de informaciones familiares que se ofrecen en Genealogías Canarias, éste es el propósito de esta presentación: extraer y analizar desde una contextualización histórica las trayectorias migratorias fuera de las islas de algunas de estas familias para así reconstruir nuevas narrativas sobre identidades canarias que han cruzado fronteras geográficas, sociales y culturales. Con esta finalidad se han seleccionado las historias migratorias de tres familias de estas genealogías: la migración de la familia Hidalgo Zambrana a Luisiana a finales del siglo XVIII, cuando este estado estadounidense era colonia española, escrita por Cristina López-Trejo Díaz (2012); la de la familia Marrero Alfonso al reciente estado poscolonial centroamericano de Costa Rica, en la segunda mitad del siglo XIX, escrita por Juanita Elsa Morúa Miranda(2015); y la de la familia Castellano a Cuba, desde mediados del siglo XIX, cuando todavía era colonia española, hasta la tercera década el siglo XX escrita por María Castellanos Collins (2014).

Diversidad étnica, identidad y migraciones canarias
“Las islas Canarias después de su conquista por los castellanos, y su primer poblamiento, se convirtió en un crisol de indígenas de orígenes bereber, además de oleadas de personas procedentes de diferentes lugares: España, Portugal, Normandía, Génova y Flandes (…) así como de aquellos que se trajeron obligados e ignominiosamente fueron convertidos en esclavos: subsaharianos y berberiscos” (Egea Molina 2012a).
Uno de los aspectos en los que más se insisten en los artículos publicados en Genealogías Canarias es en la diversidad étnica de las familias canarias: bereber, castellanos, andaluces, portugueses, genoveses, normandos o flamencos, entre otros. Esta diversidad no hace más que incidir en la íntima vinculación de la formación de la sociedad canaria con la expansión colonial europea y, posteriormente, con sus relaciones inter-atlánticas ligadas, por ejemplo, al comercio de esclavo en los inicios de la conquista, al de la caña de azúcar, fundamentalmente desde finales del siglo XIV, o a su continua dependencia
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desde entonces de las demandas del mercado internacional.
A este respecto cabría destacar datos que aportan artículos como los de Faneque Hernández Bautista y Juan García Torres (2013) o Eugenio Egea Molina (2012b; 2013), referente a apellidos canarios, normandos, flamencos o genoveses y que se contextualizan históricamente con el auge de la producción de la caña de azúcar para la exportación; propiciando desplazamientos de población tanto del continente africano como europeo: esclavos mayormente africanos para trabajar en los ingenios que se expandían por el litoral de Gran Canaria, hacendados peninsulares beneficiarios de los repartimientos de la conquista o comerciantes del resto de Europa buscando las oportunidades de un  comercio floreciente en el Atlántico. Al tiempo que se destaca que la población autóctona de las islas había sido, después de un siglo de conquista, diezmada, esclavizada o forzosamente asimilada (ver también Crosby 1988).
Desde entonces, la economía canaria, que ha estado totalmente dependiente de los monocultivos demandados por el mercado exterior, ha ido incidiendo en el desarrollo asimétrico de su estructura social; como así se reitera en los distintos artículos: tanto en la reproducción endogámica de las familias, por ejemplo, como en los sucesivos desplazamientos de población hacia el continente americano. Y que, desde finales del siglo XVIII, adquieren particular relevancia, como se mostrará en los siguientes apartados. A este respecto, aunque hasta la mitad del siglo XX, Cuba y Venezuela fueran los países receptores más importantes de estos desplazamientos, hay que destacar otros destinos, probablemente menos conocidos para la gran mayoría, donde familias canarias también se fueron asentando: República Dominicana, Puerto Rico, México, Costa Rica, Uruguay, Argentina o Estados Unidos (Hernández García 1987; Balboa Navarro 2006).  
Salvo excepciones, gran parte de estos desplazamientos se llevaron a cabo siguiendo patrones de reclutamiento oficiales con el propósito de llevar a cabo políticas coloniales de asentamiento y/o propiciar desarrollos económicos, particularmente, agrícolas de las colonias americanas.[1] A partir de finales del siglo XVIII, aunque el número de migrantes varones doblaba el de mujeres, el porcentaje de la migración de éstas no dejó de ser significativo, superando al de otras regiones españolas y otros países emisores (Hernández García 1987); desempeñando un importante papel en los patrones migratorios basados en la familia, en su reproducción endogámica y en la inculturación de valores culturales e identitarios canarios en las sociedades de asentamiento (Galván 1996).

Identidad “isleña” y diversidad cultural en Estados Unidos
Como describe Cristina López-Trejo Díaz (2012) el 29 de octubre de 1778, José Hidalgo Romero de 32 años, originario de Agüimes (Gran Canaria), su esposa, Isabel Zambrana Morales de 33 años, y sus tres hijos, Gregorio de 10 años, Francisco de 9 y Juan Ignacio de meses, parten en la fragata San Ignacio de Loyola, junto a otros 418 pasajeros canarios hacia la entonces colonia española de Luisiana. Y que, junto a las otras familias canarias, esta familia se asentó en la popularmente conocida como isla de Delacroix, al sur de Nueva Orleans. Antes de partir, López-Trejo Díaz (2012) señala que, como cabeza de familia, a José Hidalgo Romero se le dio 45 reales y herramientas con la promesa de que cuando llegaran al lugar de destino se le entregaría a la familia un terreno, una vivienda y otros 45 reales.
Una vez establecidos en la región, se dedicaron según la autora a la caza y la pesca, particularmente, de un cangrejo de río que los isleños llamaban “jaiba”. Y que esta familia, junto al resto de familias canarias que se fueron asentando en la región, vivieron aislados durante mucho tiempo. Se reunían con los demás isleños para, entre otras
Canary Islanders Heritage Society of Louisiana
actividades, contar “historias de su tierra” y cantar “tonadillas típicas de Canarias”. Cabe destacar como otro de los datos relevantes de la genealogía de Hidalgo Zambra la reproducción endogámica de estas familias canarias que durante bastante tiempo mantuvieron la costumbre de casarse entre ellos.
Los datos que aporta Cristina López-Trejo Díaz (2012) sobre la genealogía de esta familia coinciden con la excepción de un dato de género con los que aporta el historiador estadounidense Gilbert C. Din (1988) que en la década de los setenta inicia investigaciones sobre los “isleños”, como así se les llama a los descendientes de estas familias canarias en Luisiana. Este autor incluye en el anexo de su monografía The Canary Islanders of Louisiana, listados de las embarcaciones en las que estas familias canarias fueron llevadas desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife; así como otras listas con los nombres de cada miembro de las familias que viajaron en cada una de las embarcaciones y la edad de sus hijos. En una de éstas, se encuentran los nombres de los componentes de la familia Hidalgo Zambrana (ver Cuadro 1) compuesta por: José Hidalgo, Isabel Zambrana (esposa), Gregorio, hijo de 10 años, Francisca –en vez de Francisco– de 9 años, y el entonces más pequeño, Juan, al que se le atribuye 10 meses de edad.
Como el resto de los canarios que migraron a Luisana a finales del siglo XVIII, la familia Hidalgo Zambrana y sus tres hijos fueron reclutados para llevar a cabo un plan de colonización y defensa de esta ex colonia francesa que recién había sido traspasada a España en 1764. De ahí que, entre 1777 y 1779, se embarcaran en nueve fragatas “setecientos reclutas y sus familias”; para arribar a Luisiana siete de estas nueve embarcaciones: unas 500 familias que, junto a algunas personas solteras, contabilizaban, aproximadamente, un total de 2.000 personas. Con todo, y como señala Hernández González (2008: 147), de las 4.312 personas que embarcaron en estos barcos, algo más de la mitad, procedentes mayormente de las islas de La Gomera y Gran Canaria, no llegaron a Luisiana al desertar una vez que las embarcaciones en las que viajaban hicieron escala en La Habana (Cuba).
A estos inmigrantes isleños destaca Gilbert C. Din (1992: 833) que fueron “reclutados entre la gente pobre” de las islas, el gobierno español les concedió “pequeñas cantidades de tierra” de 576 x 7.680 pies frente al río Misisipi, en las localidades de Galveztown, Barataria, Valenzuela y San Bernardo, y que muy a duras penas tuvieron que “desmontar de árboles y vegetación”.
Éste sería el comienzo de un duro proceso de asentamiento y desplazamientos locales, a un lado y otro de las márgenes del río Misisipi –durante la colonización española y después de la anexión del territorio a Estados Unidos en 1803 –como consecuencia de inundaciones ocasionadas por huracanes, penurias, enfermedades, muertes y aislamiento. Después de dos siglos, Gilbert C. Din (1992: 838-39) calculaba que en torno a 50.000 personas descendían, en algún grado, de estas familias canarias. Y que tan solo una minoría de ellas conservan algunas de las tradiciones culturales de las islas.
Merece la pena destacar el contexto en el que Gilbert C. Din (1988) inicia esta investigación sobre la presencia histórica de los canarios en Luisiana, en la década de los setenta, así como el significado social y cultural de ésta como minoría “isleña”. Esta investigación surge en pleno auge de la lucha y conquista de los Derechos Civiles en Estados Unidos y, por lo tanto, del comienzo oficial del reconocimiento histórico de la diversidad social y cultural en el país; después de estrictas políticas asimilacionistas y de exclusión social de sus minorías (nativos americanos, afroamericanos, chicanos o hispanos/latinos, entre otras). De ahí la pretensión de Gilbert C. Din (1992: 832) de fundamentar históricamente y, a la vez, reivindicar las raíces históricas de la presencia de esta minoría canaria incluso antes de la conformación actual de la Unión; así como su contribución al multiculturalismo de la sociedad estadounidense (ver también Mc-Curdy 1975; Coles 2011). A este respecto, este historiador afirma que los isleños canarios como minoría social histórica en Estados Unidos no fue suficientemente reconocida. Sobre todo, porque con respecto a otras minorías que se han ido estableciendo posteriormente, estas “comunidades isleñas del sur de La Luisiana” representan “las primeras comunidades hispanas anexionadas por los Estados Unidos”.

Reclutamiento y condiciones laborales de migrantes canarios en Costa Rica
En al artículo “Arribo delos Marrero Alfonso y establecimiento en Costa Rica” de Juanita Elsa Morúa Miranda (2015), la autora ofrece datos sobre la emigración a Costa Rica en 1880 de Juan Marrero, reclutado para trabajar en la caña de azúcar, y de su hija Clotilde
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Marrero Alfonso, en el servicio doméstico. Según los datos que aporta la autora, ambos se asientan en la finca de Luis Demetrio Tinoco en la ciudad de Cartago; familia de comerciantes y propietarias de bancos en Costa Rica.
Una vez que cumplen con las condiciones estipuladas en los contratos realizados de reclutamiento, Miguel Marrero según la autora deja la finca para trabajar como obrero en la construcción del ferrocarril; mientras su hija Clotilde consigue un nuevo trabajo como “ama de llaves de la familia Odio Giró”. Según la profesora de la Universidad de Costa Rica, Giselle Marín Araya (1999a: 320-21), a finales del siglo XIX, Canarias fue, después de Galicia, la región española de mayor emisión de migrantes a Costa Rica. Apuntando a factores demográficos –esta autora destaca– entre otros, factores económicos para explicar estas migraciones, como la introducción de la anilina que desplaza a la cochinilla como el monocultivo de mayor exportación de las islas a partir de 1870. Otros autores también incluyen factores ecológicos, como la sequía, sobre todo teniendo en cuenta que la economía canaria dependía de la agricultura, los bajos salarios y la carestía de la vida, ya que, salvo el periodo anterior del auge de la cochinilla, estos eran muy bajos y los artículos de primera necesidad muy costosos (Hernández García 1987; Balboa Navarro 2006). La elección de Costa Rica como país de destino de estas migraciones tuvo que ver, entre otros factores culturales, con la necesidad de la República centroamericana de mano de obra para trabajar en la agricultura y en la construcción del ferrocarril. Trabajos que, según Morúa Miranda (2015), Miguel Marrero desempeñó.
Los canarios que emigraron a Costa Rica, como Miguel y Clotilde, parecen seguir el mismo patrón de migración: sistema de reclutamiento y la incorporación laboral agrícola y construcción, en este caso del ferrocarril, o minas, los varones, y en el servicio doméstico, las mujeres (Hernández García 1987). Según Marín Araya (1999b), en 1871, en Costa Rica se solicita a Valeriano Fernández Ferraz (Cuesta 1982), de origen canario, reclutar trabajadores canarios a través de “un cuñado” que era “capitán de un buque que se dedica a transportar inmigrantes a Ultramar”. Valeriano Fernández Ferraz y su hermano habían emigrado al país centroamericanos en 1869 contratados, junto a otros cinco canarios, para colaborar en la reforma educativa que se estaba llevando en el país (Marín Araya 1999b; Cuesta 1982).
Los contratos de reclutamiento que de los trabajadores canarios solían realizarse eran bastante estrictos. Hasta tal punto que mantenían sometidos a los trabajadores inmigrantes a las condiciones iniciales acordadas durante los cinco primeros años. De ahí que como señala Juanita Elsa Morúa Miranda (2015), Miguel Marrero y su hija Clotilde no pudieran dejarlos hasta cumplir con las condiciones pactadas; siguiendo a menudo duras jornadas laborales (incluidos festivos).  Puesto que la mayoría de los estos contratos incluían los gastos del pasaje, ésta supuso una estrategia de reclutadores y empleadores según afirma el historiador Julio Hernández García (1987: 26) , para controlar a los inmigrantes durante años, a través de este tipo de sistema de endeudamiento:
El precio elevado del billete de embarque, dio lugar a que muchos se viesen obligados a firmar la contrata de trabajo, porque en ella iba incluido el transporte y demás gastos. Por la contrata (como seguidamente comentaremos) miles de isleños quedaron durante años atrapados, sin poder escoger otros puestos de trabajo mejor remunerados hasta que no cumpliesen el plazo estipulado, o bien pagasen todo el dinero que “generosamente” se les había anticipado, lo que en la práctica resultaba poco menos que imposible por la carencia de recursos del isleño.
Morúa Miranda (2008) también informa del Acta de Defunción de Miguel Marrero, fechada en Turrialba en 1890 y que su “muerte pudo ser por un accidente trabajando en la
construcción del Ferrocarril”. De hecho según señala– el historiador Hernández García (1987: 29), muchos de los inmigrantes trabajaron en la construcción de las vías férreas o “en la desecación de zonas pantanosas, murieron víctimas de las duras condiciones de trabajo y del implacable clima, así como por los gases tóxicos que los pantanos emanaban”. Eran trabajos que –según el autor– y tal y como se reflejaba en la prensa de la época rechazaban los costarricenses. Condiciones laborales que –como también destaca Marín Araya (1999a: 325)- hizo que las autoridades españolas se mostraran reticentes a favorecer nuevos reclutamientos de trabajadores canarios en 1878 debido a los abusos de “agentes y contratistas”.
Sobre la propaganda que en el XIX se realizó para reclutar emigrados para América, hemos de reconocer que fue muy intensa y se llevó a cabo en varios frentes: de un lado, con anuncios frecuentes en la prensa, y de otro, por medio de los agentes de embarque —distribuidos en forma estratégica por la geografía canaria— y de los folletos de propaganda. Algunos de estos agentes, los llamados “enganchadores”, se desplazaron en más de una ocasión desde distintos puntos de América a Canarias, con la única intención de reclutar isleños, editando a la par, en la prensa, folletos de propaganda (Hernández García 1987: 26).
Así y todo, estos contratistas lograron realizar nuevos reclutamientos mediados por el también inmigrante canario en Costa Rica, José Lorenzo Barreto; que logró un permiso para contratar de 400 a 500 trabajadores con la finalidad de que fueran a trabajar en el cultivo del café. Y que como resultado de estas nuevas contrataciones –según Marín Araya (1999a)– “llegaron 61 canarios para dedicarse a las actividades agrícolas”. Al tiempo que destaca que no solo “los informes señalan que Barreto no cuidó de estos inmigrantes”, sino que fue obligado por el Gobierno de Costa Rica a devolver los 17.000 pesos que le había adelantado para traer a estos trabajadores canarios.

Migrantes canarios e identidades cubanas transnacionales
María Castellanos Collins (2014) escribe en el artículo “Familia Castellano: moyenses, indianos y cubanos” sobre diez generaciones de esta familia originaria de la Villa de Moya, en el noroeste de la isla de Gran Canaria. Siguiendo la línea de descendencia de uno de sus miembros, Esteban Castellano Díaz, que nació en Fontanales (Moya) en 1830, la autora destaca que emigró a Cuba en su juventud, casándose en la entonces colonia española en 1855, en Cárdenas, provincia de Matanzas (Cuba), con la también grancanaria, Brígida Rodríguez Domínguez.  Ambos regresaron a Moya después de casarse y tuvieron siete hijos; tres de los cuales siguieron emigrando a Cuba: Francisca, Esteban y Domingo. Los
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hijos de Francisca residieron en el Limonar, Matanzas. Esteban, después de casarse en Moya en 1891, emigró a Cuba con su esposa. Y Domingo, que se casó en Matanzas, con la también canaria Dionisia Rivero Ponce, tuvieron
según la autora “nueve hijos, nacidos todos en fincas de cultivo de azúcar en las cercanías del pueblo de Limonar, cabecera del municipio de Guamacaro, Matanzas”. Con el tiempo estos descendientes fueron emigrando a La Habana, Puerto Rico, Canarias o Estados Unidos. Y según la autora, los descendientes de estos tres hermanos continuaron manteniendo “estrechas relaciones”; y entre los que se encuentra la misma autora, que reside en Estados Unidos.
Cuba fue el país receptor más importante de la migración canaria prácticamente desde los inicios de su colonización hasta su independencia en 1898; continuando de manera significativa hasta la década de los treinta del siglo XX.[2] Y aunque la población de origen canario llegó a trabajar en todos los sectores, la gran mayoría de los migrantes canarios que llegaban se incorporaban a la sociedad cubana, antes y después de la independencia, como trabajadores agrícolas en plantaciones de tabaco o ingenios. Como se puede observar en el caso de Domingo Castellano y Dionisia Rivero Ponce que –según María Castellanos Collins– tuvieron sus nueve hijos “en fincas de cultivo de azúcar” en la provincia de Matanzas.
Desde finales de la década de 1830 se intensifican estas migraciones, a través de “planes de colonización”, y a los que los migrantes canarios responden enfrentándose a extremas condiciones laborales que imponen gerentes de la construcción del ferrocarril, donde también trabajaron, así como a propietarios y hacendados cubanos. De ahí que, según Hernández García (1987: 36), se diera frecuentes deserciones entre los trabajadores canarios en la construcción del ferrocarril y en la caña de azúcar como consecuencia “de los malos tratos, excesivo trabajo y la alimentación deficiente” (Balboa Navarro 2006).
La alta migración de canarios a Cuba, como también, en menor medida, a Puerto Rico, respondía, por otro lado, a políticas intervencionistas del Estado español, que, en connivencia con los intereses de las oligarquías cubanas, promulgó normativas específicas para que se llevaran a cabo. Cabe destacar como uno de los factores de esta intensificación las pretensiones de las élites de “blanquear” la colonia (Hernández García 1987; Balboa Navarro 2006); al tiempo que reducir el alto porcentaje población de origen africana constituida por esclavos y emancipados. Entre estos planes, también habría que incluir, los que se propusieron para colonizar, a través de población emancipada, los territorios del Golfo de Guinea con los objetivos de iniciar la colonización española de estos territorios y también reducir la población de origen africano en Cuba.  A este respecto, hay que destacar que Cuba, junto a Brasil, fueron los dos lugares de mayor aprovisionamiento de esclavos hasta su definitiva abolición en la década de 1880. Y que tanto el traspaso de las colonias del Golfo de Guinea por parte de Portugal a España a finales del siglo XVIII, como su posterior colonización estuvieron vinculados hasta la independencia a los intereses de las oligarquías coloniales cubanas:
Real Orden del 13 de septiembre de 1845, autorizando el asentamiento de emancipados “negros y mulatos” de Cuba y Puerto Rico en las islas de Bioko y Annobón.
... “pero deseando, por otra parte, no perdonar medio que pueda contribuir a disminuir en esa isla los justos temores que son consiguientes al excesivo número de gentes de color; se ha dignado autorizar a V.E. para permitir la traslación de las referidas islas españolas del Golfo de Guinea de todos los negros y mulatos libres, que espontánea y voluntariamente, apetezcan hacer esta emigración, con tal que por su proceder observado hasta el día inspiren la debida confianza; debiendo, los que se decidan a esta traslación, verificarla a su costa” (Sánchez Molina (2006: 75).
Una vez declarada la independencia en 1898, la migración canaria a Cuba no solo continuó, sino que se intensificó a partir de 1910, protagonizada eminentemente por varones que migraban temporalmente para trabajar durante unos años en la agricultura, principalmente en ingenios y plantaciones de tabaco; patrón migratorio que, no obstante, también se compagina con el familiar (Carnero y Nuez 2006; Hernández González 2008). La Depresión del 29 marcará, no obstante, el final de estas sucesivas oleadas migratorias de la población canaria a Cuba como consecuencia de la caída de los precios agrícolas en el mercado internacional y de políticas restrictivas migratorias  que se llevaron a cabo en el país (Hernández González 2008).
De la información que ofrece María Castellanos Collins (2014) sobre la migración de la familia a Cuba observamos varios aspectos, por otra parte, ya resaltados en la literatura sobre migración canaria a Cuba. En primer lugar, la importancia que las redes familiares adquieren en estas migraciones una vez que son iniciadas, como en el caso de Esteban Castellano Díaz, probablemente a comienzos de la década de 1850, y que regresa con su esposa Brígida a Moya después de su matrimonio en 1855. Una de las características de las migraciones canarias a Cuba fue precisamente que estuvieron basadas, frente a las anteriores por reclutamiento, en redes sociales de parentesco, amistad y paisanaje. Y que en el caso de los migrantes procedentes de Moya, la literatura al respecto la destaca de una manera particular (Suárez Bosa 2013).
Además de los factores políticos y económicos previamente mencionados, el desarrollo de redes sociales no solo explica estas migraciones –ya fueran individuales o familiares–, sino su larga continuidad en el tiempo, así como sus consecuencias socioculturales trasnacionales; es decir, tanto en las sociedades de asentamiento en Cuba, como en las de origen en las Islas Canarias (Massey et al.1987; Galván 1995).
Una vez que un miembro de la familia inicia la migración desarrolla relaciones reticulares que favorecen la continuidad del movimiento migratorio desde una sociedad emisora específica –en este caso la Villa de Moya– a otra de destino –Cárdenas o Limonar en la provincia de Matanzas. Con el tiempo el número de vínculos sociales entre ambas sociedades crece y se intensifican las redes sociales –ya sean familiares o de paisanaje– basadas en obligaciones recíprocas; y que, entre otros aspectos, reducen costos y riesgos en los procesos migratorios.
En el caso de la familia Castellano también se observan otros aspectos significativos dignos de mencionar, también destacados en distintas investigaciones. Como, por ejemplo, la reproducción endogámica de la familia por parte de los migrantes canarios una vez que se asientan en Cuba o la concentración de familiares, parientes y paisanos en ciudades o regiones específicas. En cuanto al primer aspecto, y como se puede observar en los matrimonios que se establecen entre los distintos descendientes de la familia Castellano, la autora informa el caso del pionero de la migración familiar, Esteban Castellano, que, habiendo emigrado “a Cuba en su juventud”, contrae matrimonio en Matanzas con otra migrante grancanaria, Brígida Rodríguez Domínguez; el caso de su
Familia de Domingo Castellano y Dionisia Rivero
descendiente Esteban, que emigró a Cuba con su esposa después de casarse en Moya en 1891; o el caso de Domingo, que también se casó en Cuba con otra grancanaria. Con estos ejemplos observamos el desarrollo de
patrones endogámicos en la reproducción de la familia entre los migrantes canarios y, que, en cualquiera de los casos, favorece que se mantengan conexiones con otros miembros de las familias en la sociedad de origen (Hernández González 2008). A este tipo de reproducción familiar entre los inmigrantes canarios en Cuba, José Alberto Galván (1998: 911) las denomina de “endogamia étnica”; para destacar que, si bien este tipo de relaciones tuvieron consecuencias sociales y culturales específicas de carácter identitario entre los migrantes canarios en Cuba, también favoreció, en contextos multiétnicos como el cubano, exclusiones sociales de carácter racista. De trascendencia histórica, si tenemos en cuenta las políticas oficiales anteriormente mencionadas de “blanqueamiento” y que, en contextos más contemporáneos, tanto en Cuba como en Estados Unidos, se siguen dando.
Y en cuanto al segundo aspecto, la concentración de familias y personas canarias en lugares de destinos específicos, como el de la provincia de Matanzas, con una larga trayectoria histórica que va desde finales del siglo XVII hasta el siglo XIX (Hernández González 2008; Guerra López 2008; González Pérez 2004). No obstante, hay que señalar que a partir de la década de 1860 y hasta la Depresión del 29, se fueron dando nuevos lugares de asentamiento y concentración de los inmigrantes canarios en otras regiones de Cuba. Y que en el caso de los originarios de la Villa de Moya –así como de Arucas y Santa María de Guía– se dieron particularmente en la parte suroriental, en las provincias de Santiago de Cuba y Granma, donde familias y, particularmente migrantes varones, emigraron para trabajar en la producción agrícola del azúcar. A este respecto hay que insistir en la importancia que las redes sociales de parentesco y paisanaje desempeñaron, concentrando a inmigrantes moyenses, entre otros, en municipios como el de San Luis, en la provincia de Santiago de Cuba. En este caso, hay que destacar que se formó una burguesía cubana de origen canario que favoreció esta concentración desde principios del siglo XX hasta la década de 1930, como fue el caso de la mediación del empresario de origen moyense Federico Almeida (Sierra y Rosario 2001; Galván 1998; Suárez Bosa 2013).
En el caso de la familia Castellano observamos cómo las migraciones -siendo familiares o individuales- tienden a convertirse a lo largo de las generaciones en permanentes o itinerantes, se convierten en migraciones de “ida y vuelta” que, entre otros aspectos, no hacen más que intensificar y mantener vínculos familiares, sociales y culturales de carácter transnacional, como se destaca en los actuales estudios migratorios. Este carácter itinerante se puede observar en el patrón migratorio seguido por Esteban y Brígida que después de regresar a Moya, sus descendientes continuaron emigrando a Cuba. Y en las relaciones transnacionales que los miembros de la familia han continuado manteniendo hasta la actualidad en Canarias, Cuba, Puerto Rico o Estados Unidos. Nos encontramos así con viejas y nuevas prácticas transnacionales que en los actuales estudios migratorios han recibido especial atención en las últimas décadas. El concepto de transnacionalismo fue propuesto por un grupo de antropólogas, Basch, Glick Shiller y Szanton Blanc (1994) como categoría analítica con la que estudiar las consecuencias socio-culturales que los actuales flujos migratorios tienen tanto en sociedades receptoras como emisores de migrantes. A este respecto, estas autoras subrayan que las actuales migraciones transnacionales forjan y sostienen múltiples relaciones que vincu­lan a los actuales migrantes o “transmigrantes” con sus lugares de origen. Esta idea del transnacionalismo, los trabajadores canarios “yendo y viniendo” a Cuba y el transculturalismo entre Canarias y Cuba, la recoge el antropólogo Bronislaw Malinowski, padre de la antropología social europea, en la Introducción que hace al libro del antropólogo cubano Fernando Ortiz (1940) Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar:
"He conocido y amado Cuba desde los días de una temprana y larga es­tancia mía en las Islas Canarias. Para los canarios Cuba era la tierra de promisión, adonde iban los isleños a ganar dinero para retornar a sus nativas tierras en las laderas del Pico del Teide o alrededor de la Gran Caldera, o bien para arraigarse de por vida en Cuba y sólo volver a sus patrias islas por temporadas de descanso tarareando canciones cubanas, pavoneándose con sus modales y costumbres criollas y contando maravillas de la tierra hermosa donde señorea la palma real, donde extienden su infinito verdor los cañaverales que dan el azúcar y las vegas que producen el tabaco". Malinowski, 1987 [1940]: 3-4)
Estos vínculos permiten el desarrollo de comunidades transnacionales más allá de fronteras geográficas y culturales. Es decir, la circulación de bienes, personas y comunicación entre contextos emisores y receptores posibilita la emergencia de ámbitos sociales transnacionales en los que los migrantes construyen puentes transfronterizos mediante configuraciones, estrategias y actividades socioculturales tanto familiares como comunitarias. Lo que parece cierto, como se puede observar en el artículo de la familia Castellanos, que estos vínculos transnacionales no solo comenzaron a originarse en el siglo XIX, sino que se ha mantenido hasta la actualidad no solo entre Cuba y Canarias, sino también en las nuevas sociedades de asentamiento en las que, debido a los últimos desplazamientos transfronterizos de poblaciones identificadas como canario-cubanas, se han ido asentando en la segunda mitad del siglo XX como consecuencia de la Guerra Fría –como Puerto Rico o Estados Unidos.

A modo de conclusión
Los datos aportados en los artículos de Cristina López-Trejo Díaz (2012) sobre la familia Hidalgo Zambrana en Luisiana (Estados Unidos), Juanita Elsa Morúa Miranda (2015) sobre la de Marrero Alfonso en Costa Rica y María Castellanos Collins (2014) sobre los Castellanos en Cuba y Estados Unidos,  no solo confirman hechos históricos descritos y analizados por la literatura sobre migraciones canarias en América, sino que permiten recuperar y reconstruir nuevas narrativas sobre el protagonismo que en estos procesos tuvieron los migrantes canarios. Frente a otras historias oficiales que han centrado su atención en la relevancia de gobernadores, militares, misioneros, o caciques en las migraciones canarias a América, estas “historias escondidas” van más allá al apuntar a condiciones macro/micro estructurales específicas bajo las cuales estas migraciones se dieron, así como a sus consecuencias socioculturales desde que éstas se iniciaron tanto en las sociedades donde se asentaron en Costa Rica, Cuba o Estados Unidos, como para de las que procedían en las Islas Canarias. 

Referencias
- Balboa Navarro, Imilcy (2006) “Entre la convivencia económica y el interés político. La inmigración canaria a Cuba y la conformación del mercado de trabajo libre (1878-1886)”. TZINTZUN, Revista de Estudios Históricos, 44: 75-100.
- Basch, Linda, Nina Glick Schiller, and Cristina Szanton-Blanc (1994) Nations Unbound: Transnationalized Projects and the Deterritorialized Nation-State. New York: Gordon and Breach.
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[1] Estas migraciones de trabajadores se convirtieron, según Carnero Lorenzo y Nuez Yánez (2006), en un modelo económico en el archipiélago ya que, estas migraciones al tiempo que reducían tensiones en el mercado local interno, incentivaba la economía de las islas (ver también Macías Hernández 2003).
[2] Aunque se carece de informaciones estadísticas al respecto, distintas fuentes no oficiales hacen cálculos sobre los altos porcentajes de la migración canaria durante la primera mitad del siglo XIX (Balboa Navarro 2006; Macías Hernández 1988) y su continua intensificación hasta la independencia en 1898; estimándose una población de inmigrante canarios de entre 70.000 a 90.000 (Hernández García 1987; Hernández González 2008). Si tenemos en cuenta el Censo de Población de 1897 en España, que contabiliza en las islas una población de 333.521 habitantes, la población inmigrante en Cuba supondría entre más de una quinta parte (20.9 por ciento) a más de una cuarta parte (26.9) del total de la población canaria (INE, 1899).

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