viernes, 13 de febrero de 2015

ABUELOS PORTUGUESES. UNA ASCENDENCIA FAMILIAR EN CANARIAS, SIGLOS XV y XVI (I)

EUGENIO EGEA MOLINA
1. INTRODUCCIÓN
a) CONTEXTO GENERAL
Los portugueses constituyeron el contingente europeo más numeroso, después de los del reino de Castilla, establecido en las islas Canarias.
Se convirtieron en fundadores o primeros repobladores de muchas de sus localidades. Ellos son parte esencial del legado y patrimonio isleño, aportando su genética y cultura que aún perviven entre los canarios y sus descendientes fuera de las islas.
Una herencia que ha redundado en la idiosincracia canaria, caracterizada por el mestizaje y la confluencia, que después de pasados cinco siglos se sigue manteniendo, formando parte sustancial de su propia identidad.
Durante el siglo XV, las relaciones lusas con Canarias fueron beligerantes por el interés en la posesión de las islas, con ataques, ocupaciones y capturas de indígenas para su venta como esclavos; cuestión que se aplacó en el siglo XVI, época dorada para la navegación y descubrimientos portugueses, con acuerdos para la repartición de nuevas tierras. Un momento en el que se produce una importante emigración lusa hacia Canarias como enclave geográfico del comercio y la navegación, convertida en una plataforma para sus intereses en nuevos territorios.
Las islas que reciben mayor número de portugueses son las denominadas realengas: Gran Canaria, Tenerife y La Palma, las últimas en conquistarse, a finales del siglo XV, bajo el patrocinio de los reyes católicos. 
Entre los lusos, llegaron algunos conquistadores, mercaderes, artesanos, maestros especializados, labradores, marinos, armadores, etc. Estos asentamientos en las islas fueron favorecidos por la expansión atlántica de Portugal, y transformada en una rápida integración en la nueva sociedad que se estaba gestando, motivado por las similitudes religiosas, lingüistícas y culturales, decisivas para una
adaptación más rápida que otros colectivos. 
También, en los que se instauraron en las islas, el cultivo de cañadulce y su manufactura (labradores, maestros de azúcar, carpinteros, comerciantes...). De ello, los portugueses eran perfectos conocedores.
Algunos también arribaron por las persecuciones y expulsión de los judíos (marranos) de su territorio, así como la proximidad con Canarias de los archipiélagos de Madeira y Azores... 
Todos atraídos, en mayor o menor medida, por mejorar sus condiciones de vida.

b) DEFINICIÓN Y PROCEDIMIENTO
El presente trabajo, lo vamos a mostrar desde un enfoque biográfico-genealógico, partiendo de nuestros propios ancestros portugueses, sacándolos del anonimato y acercándolos hasta nosotros.
Para esto, hemos escogido nuestro árbol genealógico, compuesto de 7687 fichas con ancestros en línea directa. A partir de estas, hemos extraído antepasados portugueses, resultado de nuestras pesquisas.
Es cierto que no son todos los que están, ni están todos los que son. Nuestras ramas no están todas desveladas: una investigación de estas características siempre estará inconclusa. 
Los ascendientes seleccionados aparecen documentados como portugueses, desechando otros que por su apellido (Pereira, Luján, Almeda/Almeida, De Évora/Dévora, Nodar/Noda, Sosa/Sousa, Báez/Vais, etc.) pudieran determinar una procedencia lusa. 
Llevarnos por apellidos exclusivamente presenta importantes sesgos, entre los más destacables: a) podríamos contaminarnos con gallegos, b) tratarse de oriundos que no vinieran directamente a las islas, c) impuestos o adoptados por no portugueses.
Como continuamente reiteramos, no solo podemos centrarnos en los apellidos sin considerar como requisito imprescindible la investigación genealógica.

miércoles, 4 de febrero de 2015

PRISIONEROS FRANCESES DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA: SU INTEGRACIÓN EN LA SOCIEDAD DE GRAN CANARIA

CRISTINA LÓPEZ-TREJO DÍAZ
 Ponencia presentada en el I Encuentro de Genealogía Gran Canaria,
celebrado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País
de Gran Canaria, el 20 de noviembre de 2014.
Publicada en Ponencias del I Encuentro de Genealogía Gran Canaria, nº 1 (2015), p 76-88. Edit. RSEAPGC y Genealogías Canarias. 
Depósito Legal: GC 368-2015

El 21 de octubre de 1805, cuatro días después de la pérdida de la batalla de Trafalgar, llegaba a Cádiz el Almirante francés Françoise Ètienne de Rosily-Mesros, enviado por Napoleón tras destituir al almirante Villeneuve, con el fin de salvaguardar la escuadra franco-española en Cádiz. Rosily reorganizó una pequeña flota bloqueada en el interior de la bahía de Cádiz por el ejército británico. Tres años más tarde,el país estaba en pie de guerra contra sus antiguos aliados, los franceses, por la invasión de las tropas napoleónicas. En junio de 1808, se produce la batalla de la Poza de Santa Isabel en la bahía de Cádiz, dentro del marco de la guerra de independencia, donde los hombres de la escuadra naval francesa al mando de Rosily quedaron rendidos, erigiéndose como la primera batalla en la que el ejército español vencía al napoleónico. Los prisioneros fueron conducidos al arsenal de la Carraca aunque posteriormente fueron trasbordados a los pontones, o antiguos navíos convertidos en auténticas cárceles flotantes,frente a las costas de Cádiz.

Pontones en la Bahía de Cádiz
Así, a los 3.776 marineros de Rosily vencidos por España, se unirían pronto los 17.350 hombres del general Dupont, capturados en la batalla de Bailén. Juntos y hacinados compartirían su suerte a bordo de los llamados "sepulcros flotantes", un total de ocho, donde la mayor concentración de hombres tuvo lugar entre 1808 y 1810 en las más extremas condiciones de habitabilidad y salubridad, falleciendo muchos de ellos por hambre y fiebres.
A los pocos días de la captura de la flota de Rosily, la Junta de Cádiz decide trasladar a los prisioneros a otros lugares. Se enviaron mil a Inglaterra, otros mil a Portugal. La isla de Mallorca recibió en dos años, siete mil prisioneros aunque por su alto coste de manutención (se calcula de más de 400.000 reales al mes), el gran descontento de los lugareños y la cercanía de la base inglesa en Menorca, pronto se decidió trasladarlos a un lugar donde no molestaran, la isla desierta de Cabrera. Cada cuatro días les llevaban suministros pero pronto fueron abandonados a su suerte. Los que no morían de hambre o sed, se volvían locos. Sebastien Boulerot, prisionero francés que logró sobrevivir, contaba en sus memorias los episodios de hambruna, agresiones físicas, canibalismo, etc. que se dieron en la isla.
En 1808 la Junta de Cádiz también escribió a las autoridades del Archipiélago Canario para preguntar cuántos prisioneros podrían alojar a lo que se respondió que solo podían asumir unos mil doscientos. Canarias no estaba pasando uno de sus mejores momentos. Debido a la guerra de Trafalgar primero y posteriormente a la guerra contra el francés, las costas del Archipiélago estaban indefensas, carecían de protección naval contra posibles invasiones extranjeras. Las comunicaciones con la Península estaban interrumpidas y con ellas, la entrada de alimentos, el comercio, etc.

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