miércoles, 7 de enero de 2026

TRAYECTO E IDENTIDAD DE UNA FOTOGRAFÍA FAMILIAR

 JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ MARRERO

IEMYR-ULL

toglez@ull.edu.es

Ponencia presentada en el XII Encuentro de Genealogía Gran Canaria, organizado por Genealogías Canarias y Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, celebrado en Las Palmas de Gran Canaria en noviembre de 2025.

 

Tal vez esa era la misión de mi padre, pienso, sin que él lo supiera: ser el pastor de un pequeño rebaño de historias que él mismo había criado y que lo seguía por todas partes. O simplemente ser jardinero, allí en el jardín de las historias y los árboles familiares.

G. Gospoodínov, El jardinero y la muerte, pp. 202-203.

Resumen

En la actualidad, cuando casi cualquier cosa pasa por la IA, el descubrimiento de una fotografía hecha a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, no solo nos traslada a otro momento de la historia en el que el contexto era totalmente diferente, sino que nos abre las posibilidades de estudio de una persona y de una familia. Pero, además, ¿qué nos aporta una fotografía de un desconocido? ¿cuánto podemos averiguar de él y de su entorno? Una fotografía es un documento de memoria colectiva y, como tal, aporta una fuente de información sobre estructura familiar, estilo de vida y valores sociales de la época. A partir de estas premisas, presentamos un estudio de caso al que hemos dedicado más de tres décadas y que culmina con la identificación de un desconocido nacido en Tacoronte en 1853 y emigrado a Cuba antes de 1880.

Palabras clave: Fotografía histórica; Memoria colectiva; Emigración de Canarias a Cuba; Genealogía; siglos XIX-XX.

Memory, genealogy, and the identity of a family photograph

Abstract

In the present day, when nearly everything passes through AI, the discovery of a photograph taken in the late nineteenth or early twentieth century not only transports us to another historical moment in which the context was entirely different, but also opens new possibilities for studying a person and a family. Moreover, what does a photograph of an unknown individual offer us? How much can we learn about that person and his environment? A photograph is a document of collective memory and, as such, provides a source of information on family structure, lifestyle, and the social values of its time. Based on these premises, we present a case study to which we have devoted more than three decades, and which culminates in the identification of an unknown man born in Tacoronte in 1853 who emigrated to Cuba before 1880.

Keywords: Historical photography; Collective memory; Canary Islands–Cuba migration; Genealogy; 19th-20th centuries.

Introducción

                                      1878. Gelatino bromuro. Foto: Centro de Fotografía de Montevideo

La nueva técnica fotográfica surgida a finales del siglo XIX usa gelatina común mezclada con productos químicos como bromuro y nitrato de plata que reaccionaban a la luz. Es la llamada gelatina de plata, una emulsión que se colocaba sobre placas de vidrio para tomar fotos. Como las placas podían usarse secas, ya no era necesario revelarlas de inmediato, lo que no solo facilitó el trabajo de los fotógrafos, sino que generó un desarrollo de la fotografía entre aficionados como hasta ese momento no se había conocido, porque estos podían desplazarse a las casas y hacerlas allí. Eso hace que el retrato deje de ser un acto social, pierda cierto rito y protocolo y se convierta en algo personal, íntimo y familiar. Por tanto, la investigación en una fotografía familiar siempre tiene una historia.

Antes de entrar de lleno en el caso que nos ocupa en este trabajo, conviene pensar qué se busca en una foto antigua, una foto de desconocidos, porque, muchas veces, son solo eso, desconocidos. El genealogista, por práctica habitual en su investigación, al ver una foto antigua, ha de plantearse cuánto puede aprender de ella, qué papel ha podido tener en la historia, en la memoria familiar y en la comunicación que ha podido generar entre parientes, amigos, etc. Lo habitual es anotar todo lo que el documento gráfico puede aportar antes de que se pierda. Es decir, la fotografía tiene una historia propia que nace, como es lógico, en el momento en que se toma. Y si procede de un emigrante, se hizo con una intención concreta, es decir, está en contexto, el de una persona que quiere transmitir a su familia que está bien e, incluso, imita, en cierto modo, a las clases privilegiadas, porque posan con sus mejores galas. No solo quiere ser recordado, sino mostrar lo bien que está, porque una fotografía puede revelar el mundo desde otras perspectivas o llegar a otros lugares.

A esto debemos añadir que la prosperidad de economías como la cubana propició que hoy tengamos en Canarias fotografías muy interesantes con las que efectuar un análisis profundo, porque ofrecen a su receptor conocer los espacios domésticos en los que se vive, es decir, pasan a tener presencia real. Entre los elementos externos, podemos pensar en la ropa (encajes, volantes, corbatas) o los decorados y entre los más íntimos es posible atender a las expresiones de los rostros, la composición familiar (si es núcleo familiar corto con hijos o extenso y compuesto de varios hermanos e, incluso, generaciones). Nos acercamos así no solo a la memoria afectiva y colectiva, sino a la historia social de un tiempo pasado. No obstante, cuando un genealogista conoce que las personas del documento son sus familiares, se plantea, de inmediato, si detrás de ella debe buscar identidades o, en realidad, se engaña y aspira a completar su propia identidad a través de ellos, porque, en el fondo, cualquier investigador trata de rellenar pequeños huecos de un retrato, el suyo, con los restos que han dejado los antepasados. De esa manera, se da forma a un árbol genealógico que se perfecciona con las pocas imágenes que se han podido encontrar.

En lo personal, hace ahora dos años que, desde Family Search, me invitaron a participar en el mayor evento mundial relativo a archivos que se celebraba en Granada[1]. Realmente, fue una actividad espectacular, pero me gustaría entresacar dos ponencias que, sin querer, han guiado la investigación de mi historia familiar en el tiempo que llega a nosotros: la primera tiene que ver con los estudios de ADN, tan de moda hoy, y la segunda con las cajas de zapatos, porque muchas veces nuestra historia queda reducida a una caja de zapatos. El ponente, uno de los máximos dirigentes de Family Search, contaba cómo se desplazó varios miles de kilómetros para ayudar a su padre a recoger las cosas que habían quedado tras la muerte de su madre. Decía él que cuando llegó, su padre había reducido la historia familiar de su madre a una mera caja de zapatos, en la que estaban las cartas y las fotografías de su juventud. No había nada más. Trató de entender qué era aquello y comenzó por conocer a su madre a través de lo que él no había vivido, su juventud. Descubrió muchísimas cosas en una caja de zapatos y dio forma a parte de su historia familiar para encajarla en su árbol genealógico.

Enlazo esta vivencia con mi circunstancia propia, aunque en mi historia no hay una caja de zapatos, sino con varias cajas de latón. Mi abuela falleció el día 22 de enero de 1992 y mi tía redujo la historia familiar a varias cajas de latón. El día en que telefoneó a mi madre para hacer limpieza en la casa en la que vivían ella y mi abuela, fui yo también. Cuando llegamos, no sé por qué me llamó la atención una hoguera. Solía quemar cosas a menudo, pero no sé por qué esa vez fui hasta allí y casi me metí dentro del fuego para sacar las fotografías que allí había. Conseguí recoger tres: una de mi abuelo con sus compañeros de la banda de música de Tacoronte; otra, la única que se conserva del hermano de mi madre que falleció, siendo niño, en 1926; y la tercera, hecha en Cuba, era la de tres desconocidos a los que no había visto antes. Estaba adherida a un cartón que se había quemado, por lo que la despegué sin darme cuenta, en ese momento, de que allí podía haber información, aunque no había nada escrito. ¡Cuántas veces he pensado si en él había un sello o algo que no vi porque ya se había quemado![2]. Cuando llegué a mi casa, le pregunté a mi madre quiénes eran y me dijo que no lo sabía, pero que parecía que venía de Cuba.

Con los años, digitalicé la fotografía y la tengo guardada en varios lugares. Lo cierto es que, de vez en cuando, se cruza en mi espacio y pienso en los tres anónimos que se quedaron en la historia familiar sin que nadie haya transmitido su nombre, solo una segunda identidad, la del indiano, cuya fotografía recorre un trayecto hacia Canarias, el mismo que él había establecido cuando partió rumbo a su destino americano. Son, pues, dos aspectos de identidad: por un lado, el indiano y todo lo que genera su entorno cuentan algo que yo como investigador desconocía y, por otro lado, me crea otra segunda percepción, la que me aporta a mí mismo de la identidad de los tres anónimos.

Volviendo a los tres desconocidos

Cualquier otra investigación acerca de esta fotografía parece una puerta sin salida. Desde un punto de vista de la historia social, vemos una vestimenta formal, probablemente la mejor que tenían en ese momento porque, como ya he dicho, es un documento de memoria afectiva y colectiva, que no solo guarda la imagen de las personas, sino que preserva una forma de estar en el mundo. Sin embargo, han tenido que pasar muchos años, casi 35, hasta que he podido atravesar la puerta y adentrarme en otro mundo. Para ello fue necesario dar pasos resbaladizos con el fin de poder descartar elementos que no conducían a nada:

En el estudio de mis abuelos:

En primer lugar, sabía que uno de los hermanos de mi abuelo, José Marrero Rodríguez, se fue a Cuba. Por tanto, me cercioré de que no era ninguno de los demás. Casualmente, ahora sé que todos sus hermanos marcharon a la isla caribeña, pero estuvieron pocos años y regresaron con mejor o peor fortuna. Las fotografías de las que ahora dispongo, tomadas precisamente allí, me permitieron descartar a los tres señores de la foto.

En segundo lugar, dado que mi abuela, Isabel Acosta Pérez, solo tuvo una hermana, deseché con rapidez ese lado.

Traté de pensar en los bisabuelos:

Por el lado de mi abuelo, el único hermano de mi bisabuelo, José Marrero López, vivió siempre en Tacoronte. Un hermano de mi bisabuela, Dolores Rodríguez Estrada, emigró a Buenos Aires, y los demás se quedaron en la misma ciudad.

Por la rama de mi abuela, sabía que, salvo uno, los hermanos de mi bisabuelo, José A. Acosta García, se quedaron en Tacoronte -curiosamente, también tengo contacto con sus descendientes norteamericanos- y que mi bisabuela, Antonia Pérez García, solo tuvo una hermana.

Toda esta investigación no abrió puertas. Dejé pasar el tiempo, sobre todo porque la única línea que no quería tocar era la de mi bisabuela, madre de mi abuela, de la que nadie parecía saber nada. Como todos, cuando tenemos a personas mayores a nuestro alrededor, preguntamos el nombre de unos y otros para luego confirmarlos en el archivo o en el registro civil, pero cuando preguntaba por mis tatarabuelos, me daban el nombre de mi tatarabuela, Martina Pérez García, pero nadie recordaba el nombre de mi tatarabuelo. Dejé de preguntar e investigué: mi bisabuela no tenía padre conocido. Y, durante un tiempo, pensé que mi tatarabuelo era uno de los de la foto, que había dejado embarazada a mi tatarabuela y se había marchado a Cuba. Preparé una ficción de la fotografía, que no me terminaba de encajar. Hoy, gracias a las pruebas de ADN y a los enlaces que las empresas del ramo nos comunican por parentesco, he llegado a descubrir su nombre, su lugar de nacimiento, la familia que creó, etc.

En definitiva, sabiendo que esa rama familiar guardaba secretos, comencé a investigarlo de manera silenciosa. Como acabo de señalar, no solo fabulé en torno a la fotografía, también lo hice en torno a la figura de Martina Pérez García. Supuse que había sido una madre muy joven y que tuvo a mi bisabuela y a su hermana de forma muy seguida. Errores genealógicos. Lo cierto es que durante años busqué el nacimiento de mi tatarabuela en fechas en que no la encontraba. Mi bisabuela era Antonia María Pérez García:

Antonia María de Santa Catalina Pérez García nació en Tacoronte el 18 de abril de 1860 y fue bautizada al día siguiente. Es hija natural de Martina Pérez García, natural del barrio de San Gerónimo de Tacoronte. Abuelos maternos, Esteban Pérez Sarabia, natural de El Sauzal, y María García, natural de Tacoronte[3].

Antonia falleció el 15 de noviembre de 1940.

Isabel, la hermana de Antonia, nació en 1868.

Y estas eran mi bisabuela y su hermana, las dos hijas que tuvo Martina Pérez García. Después, me propuse investigarla a ella, el tabú familiar. Y esta historia es la que ha ido apareciendo desde hace dos años hasta hoy:

El 2 de agosto de 1821 fue bautizada Marta de la Concepción, que nació el 29 de julio del mes anterior, hija legítima de Esteban Pérez Sarabia, natural de El Sauzal, y de María Saturnina García que lo es de este lugar, vecinos de San Gerónimo[4].

Y fue en la inscripción de defunción de Martina donde apareció un dato que cambió todo lo que conocíamos hasta el momento:

11 de agosto de 1909. Martina Pérez García a las 9 de la mañana, tres hijos Antonia, Isabel y Silvestre, transmarino[5].

 ¿Quién era Silvestre? Estamos en 2024 cuando él aparece. Mi tía, fiel seguidora de las historias familiares desde que mi madre no está, me dice que eso no puede ser cierto, porque nunca oyeron hablar de Silvestre. Y en una de las veces en que, en esos días, veo la fotografía me pregunto si estaré o no ante Silvestre.

El 1 de mayo de 1853, fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa Catalina Mártir de Tacoronte un niño que dicen nació el día 26 de abril próximo pasado a quien le fue puesto por nombre Silvestre de Santa Catalina, hijo natural de Martina Pérez, natural y vecina de este pueblo en San Jerónimo. Abuelos maternos Esteban Pérez y María García, naturales de este[6].

La historia familiar no coincidía con la historia real. Pensé en acudir a los padrones municipales del Ayuntamiento de Tacoronte, porque, como se puede comprobar en la defunción de su madre, Silvestre llegó a adulto y emigró[7]. En consecuencia, el siguiente objetivo era documentarlo para esclarecer si era él uno de los anónimos de la fotografía:

De la casa número 14 de la Calle de los Perales de Tacoronte, se extraen, en 1880, los siguientes datos:

Marta de la Concepción Pérez García, 59 años, soltera, jornalera, cabeza, vecina.

Antonia Pérez, 19 años, soltera, jornalera, hija, domiciliada.

Isabel Pérez, 12 años, soltera, jornalera, hija, domiciliada.

De esta documentación se deduce que, en 1880, Silvestre ya ha dejado Tacoronte y, como señalamos antes, en 1909 sigue fuera.

Y los hermanos de Martina (Marta de la Concepción) Pérez García viven también en Tacoronte, como se puede ver en el mismo padrón, pero varios de sus hijos también han emigrado a Cuba:

Casa número 37 de la Calle de los Perales:

D. Lino Pérez García, 52 años, casado, industrial de subsidio, cabeza, vecino.

Manuela Rodríguez Santana, 48 años, natural de Tegueste, casada, esposa, domiciliada.

Idelfonso Pérez Rodríguez, 7 años, soltero;

Pedro Pérez Pérez, 18 años, residente en Cuba, hijo, domiciliado.

Juana Pérez y Pérez, 21 años, soltera, residente en Tacoronte, hija, domiciliada.

Casimiro Pérez y Pérez, 14 años, soltero, hijo, domiciliado.

Casa número 3 de Guayonge:

Manuel Pérez García, 47 años, casado, jornalero, cabeza, vecino.

Toribia Claudina López Rodríguez, 55 años, casada, esposa, domiciliada.

Felipe Pérez López, 23 años, soltero, residente en Cuba, hijo.

Pedro Pérez López, 18 años, soltero, jornalero, hijo, domiciliado.

María Pérez López, 14 años, soltera, hija, domiciliada.

Lázaro Pérez López, 12 años, soltero, hijo, domiciliado.

Casa número 4 de la Cruz de Fray Diego:

Dámaso Pérez García, 48 años, casado, jornalero, cabeza, vecino.

Antonia Dorta Cairós, 42 años, casada, esposa, domiciliada.

Ángela Pérez Dorta, 17 años, soltera, hija, domiciliada.

Domingo Pérez Dorta, 14 años, soltero, hijo, domiciliado.

Teodoro Pérez Dorta, 10 años, soltero, hijo, domiciliado.

Catalina Pérez Dorta, 7 años, soltera, hija, domiciliada.

Balbina Pérez Dorta, 9 meses, hija, domiciliada.

Si esta información era correcta, debía buscar el padrón anterior para obtener algún otro dato de Silvestre. En el padrón de 1868, en la casa número 19 de la Calle de los Perales, apareció otro elemento con el que no contaba:

Martina García [sic], 44 años, soltera.

Ildefonso, hijo, 15 años, soltero.

Silvestre, hijo 12 años, soltero.

María, hija, 6 años.

Isabel, hija[8].

Sin duda, eran cuatro los hijos de Martina Pérez García y no las dos hijas que mi madre y sus hermanos conocían:

Ildefonso de Santa Catalina, hijo natural de Marta de la Concepción Pérez, nació el 23 de enero de 1849 y fue bautizado al día siguiente.

Conocemos el resto de los datos familiares. Pero, además, este hombre contrajo matrimonio en Tacoronte el 22 de julio de 1874.

Ildefonso Pérez, hijo de Marta de la Concepción Pérez y padre no conocido, con María de la Consolación León González, hija de Antonio de León, natural de La Laguna en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, y Estéfana Rosa González[9].

Y había abandonado Tacoronte antes de la elaboración del padrón de 1880, puesto que en la casa número 110 de la Calle de los Perales encontramos:

Ildefonso Pérez García, 30 años, casado, residente en Cuba, vecino.

Consolación de León, 30 años, casada, jornalera, esposa, domiciliada.

José Pérez y León, 5 años, soltero, hijo, domiciliado.

Rosa Pérez y León, 4 años, soltera, hija, domiciliada.

De estos niños y sus padres no sabemos nada más, salvo que Ildefonso falleció antes que su madre porque no es mencionado en su defunción. Con respecto a sus hermanas, Antonia e Isabel, contrajeron matrimonio el 18 de enero de 1892 con José A. Acosta García y el 26 de junio de 1901 con Francisco Díaz García, respectivamente:

18 de enero de 1892. José A. Acosta García, hijo de Antonio Acosta Medina e Ignacia García Martín, con Antonia María Pérez García, hija natural de Martina Pérez García[10].

26 de junio de 1901. Francisco Díaz García, viudo de Luisa Vargas Hernández, natural de Guía de Isora, hijo de Francisco Díaz Ayala y María García Suárez, con Isabel Pérez, hija natural de Martina Pérez García[11].

Como hemos podido analizar, hasta aquí la historia familiar que me conduce a Cuba va por varios lugares. No obstante, todo cambió en octubre de 2024, cuando fallece la hermana de mi madre que custodiaba las fotografías familiares. Durante más de treinta traté, en vano, de saber si había algún otro documento en el que estuvieran los tres hombres y, por fin, a su muerte, pude ver que ahí estaba. Pero no estaba su nombre. Cuando ella falleció, mis primos encontraron muchísimas fotografías. De muchas personas no tenemos nombres, pero a algunas sí podemos ponérselo.

Hombre mayor de la primera foto con su familia

Me llamó la atención el nombre del fotógrafo, A. del Pino, y el lugar, Batabanó, no solo porque me daba más información, sino porque podía tener una fecha.

Contacté con el investigador fotográfico cubano Rufino del Valle y, después de muchas búsquedas, encontró en La Habana varios fotógrafos apellidados Del Pino, pero todos usaban un segundo apellido. De la misma época, pero sin fecha existe en el Archivo Histórico de Pinar del Río un retrato de una maestra, que está firmado por Del Pino, en la Calle Galiano 72, en La Habana. Cuando casi habíamos abandonado esta idea, Del Valle encontró en su archivo personal dos fotografías y una de ellas aportaba el nombre del fotógrafo, Agustín del Pino. Quedamos a la espera de la Dirección de Cultura de Batabanó, pero nunca nos contestó. Cerramos esa parte de la investigación, aunque, según me dice el periodista cubano José Antonio Quintana García, Agustín del Pino pudo, incluso, tener dos estudios fotográficos, uno en Pinar del Río y otro en Batabanó. En eso no habíamos caído.

No quiero arriesgarme a hablar de estos lugares, porque desconozco si fueron lugar de habitación de esta familia, pero centrándonos en el hombre que aparece en las dos fotografías, sí puedo dar su nombre, porque el reverso de la fotografía nos aporta las primeras conclusiones de esta investigación:

Dedicado a nuestra abuela y tías en prueba de amistad y cariño

 El tipo de cartulina y el diseño del marco, propio de las tarjetas de visita en las que aparece el nombre del fotógrafo debajo, es algo típico de las fotografías realizadas entre 1890 y 1910. Me arriesgo a pensar que es anterior a 1900, sin duda. Y, por otro lado, sabemos que Ildefonso contrajo matrimonio en Tenerife y se fue a Cuba sin su esposa e hijos entre 1877 y 1880 y que Silvestre no figura ni siquiera como domiciliado en el padrón de Tacoronte correspondiente al año 1880. Se había ido algunos años antes. Dedicado a nuestra abuela y tías en prueba de amistad y cariño solo lo pudo escribir Silvestre, con una familia de niños pequeños. Además, hemos de señalar que, aunque ahora sabemos que hubo comunicación durante décadas entre la familia tacorontera y la cubana, me atrevo a decir que esta dedicatoria está dirigida a las tías, hermanas del padre, Antonia e Isabel, mi bisabuela y su hermana[12].

Quiero mantener en silencio el final de esta familia, no solo porque de ellos no he obtenido ningún dato en Cuba, sino porque todavía investigo un giro que se ha producido con el paso de los meses que relaciona a esta familia con un personaje alemán que residió en Tenerife antes y después de la Primera Guerra Mundial. La relación con Tenerife y otras fotografías en las que aparece Silvestre algo mayor mantienen la investigación abierta.

Conclusiones

A través de este trabajo he pretendido analizar dos aspectos diferentes:

Por un lado, preservar parte de mi historia familiar, al menos un trozo ignorado hasta hace poco tiempo, a través de la identidad de un desconocido que me ha acompañado desde 1992. Me ha hecho pensar no solo en la información que ocultamos de nuestra propia historia, sino en las cosas de las que nos avergonzamos y que no llegan a nuestros hijos, a nuestro futuro. Martina, Marta de la Concepción, nació el día de Santa Marta, un 29 de julio, fue madre cuando ya se encontraba sola, sin padres, y se consideraba mayor para tener hijos, casi con 29 años. No solo tuvo uno, sino cuatro hijos y salió adelante. Sé quién es mi tatarabuelo biológico gracias a los estudios de ADN, pero ¡cuántos silencios para comprender su historia!

Por otro lado, en relación con las fotografías, me planteo si el trayecto de una fotografía también puede indicar la ida y la vuelta de una familia que se lee y se ve. Pero, al mismo tiempo, cuando las reviso, veo vacíos, porque no han formado parte de mi identidad desde niño. Una fotografía, hecha al azar, no engaña, es la realidad -pensemos en imágenes de una guerra-, pero cuando unas personas posan, en cierto modo, nos enseñan qué quieren que veamos, son imágenes, como señalé antes, que aportan una abundante información, de una estructura familiar y un estilo de vida: por ejemplo, tratan de comunicar identidad y unidad familiar, ¿personas de clase media o vestidas para la ocasión? E, incluso, la presencia de niños es una muestra de cuidado, porque lo que se comparte y envía es la noción de la infancia como parte esencial del retrato familiar, ese que debía hacer un trayecto desde Cuba a Tenerife para mantenerse en el recuerdo.

Fuentes

Libros de bautismos, matrimonios y defunciones del Fondo Parroquial de Santa Catalina Mártir de Tacoronte (preservados en la actualidad en el Archivo Diocesano de San Cristóbal de La Laguna).



[1] Family Search: Simposio Ibérico de Archivos. Granada, 15-17 de noviembre de 2023.

[2] Son muchas las fotografías que aportan información en el vuelto que puede ayudar a identificar el nombre del fotógrafo o el lugar en el que se realizó. Recomiendo la información que se aporta en https://www.playle.com/realphoto/

[3] Libro XVII de bautismos de la parroquia de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 319v.

[4] Libro XV de bautismos de la parroquia de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 35v.

[5] Libro XIV de entierros de la parroquia de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 267v.

[6] Libro XIV de bautismos de la parroquia de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 35v.

[7] Los padrones municipales se encuentran custodiados en el Archivo Municipal del Ayuntamiento de Tacoronte. Agradezco a Ruth Herrera Pérez su disponibilidad para poder consultarlos.

[8] Isabel debía ser recién nacida porque nació este año de 1868.

[9] Libro VIII de matrimonios de la parroquia de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 95.

[10] Libro VIII de matrimonios de la parroquia de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 273.

[11] Libro IX de matrimonios de Santa Catalina Mártir de Tacoronte, fol. 79v.

[12] Aparentemente, Antonia e Isabel todavía eran solteras, porque, de lo contrario, estarían incluidos los primos. Dedicado a nuestra abuela, tías y primos en prueba de amistad y cariño habría sido lo normal en una familia que mantenía correspondencia, porque muestra el recuerdo de unos primos y otros. Como aparece indicado más arriba, mi bisabuela, Antonia Pérez García, contrajo matrimonio en 1892.




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